lunes, 7 de septiembre de 2015
Un poquito de historia del café (reseña del libro de Nicolás Artusi)
Café, de Etiopía a Starbucks. Historia de la bebida más amada y odiada; es un libro de Nicolás Artusi. Aquí una columna rescatando algo de su genial trabajo.
sábado, 5 de septiembre de 2015
Anna Karenina (fragmento)
«No
conozco estas calles tan pinas… casas… más casas. Y en las casas tanta gente…
Hay un sinfín de gente y todos se odian los unos a los otros.
«¡Bueno,
imaginaré lo que necesito para ser feliz… Bien… Recibo el divorcio de Alexey
Alejandrovich. Me dan a Sergio y me caso con Vronsky…»
Y al
recordar a Alexey Alejandrovich, Ana se lo imaginó con extraordinaria
precisión, como si lo tuviera ante ella con sus ojos dóciles, apagados, sin
vida; con las venas azules transparentándose en sus blancas manos; con las
peculiares entonaciones de su voz; con los dedos de las manos cruzados y
haciéndolos crujir; y la idea de sus relaciones, calificadas también de amor,
la hizo estremecer con un sentimiento de repugnancia.
«Bien: obtendré el divorcio y seré la mujer de
Vronsky. ¿Acaso Kitty dejará entonces de mirarme como me ha mirado hoy? No… ¿Y
Sergio dejará de preguntar por mi vida y por qué tengo dos maridos? Y entre
Vronsky y yo, ¿qué nuevo sentimiento va a brotar? ¿Será posible una nueva
sensación que, si no nos hace felices, consiga al menos que no nos sintamos
desgraciados? ¡No, no, y no!», se contestó sin vacilar. «¡Esto es imposible! El
abismo que nos separa es demasiado profundo. Yo causo su desgracia y él la mía.
Se han hecho todas las tentativas, pero la máquina se ha estropeado.(…)
«¿Qué estaba yo pensando antes? ¡Ah, sí! Que no
encontraré una situación en la cual mi vida no sea un tormento; que todos hemos
sido creados para sufrir; que todos sabemos e inventamos medios para engañarnos
a nosotros mismos. Y cuando vemos la verdad no sabemos qué hacer.»
Leon Tolstoi, Ana Karenina, 1877
jueves, 3 de septiembre de 2015
Raíz
Estaba ahí
removida la última
y más pesada de las piedras.
Para qué los trabajos y las noches,
el culto a lo que dicen que hay que hacer,
la inútil construcción
de eso que llaman vida.
La inútil rebeldía,
la distancia,
más inútil todavía.
Me llevo conmigo sin medida.
Daniela Della Bruna, Caleidoscopio, 2014
removida la última
y más pesada de las piedras.
Para qué los trabajos y las noches,
el culto a lo que dicen que hay que hacer,
la inútil construcción
de eso que llaman vida.
La inútil rebeldía,
la distancia,
más inútil todavía.
Me llevo conmigo sin medida.
Daniela Della Bruna, Caleidoscopio, 2014
martes, 1 de septiembre de 2015
Destierro
Lejos,
la pampa indefinida y galopante,
los ojos de mi padre.
Más lejos,
los brazos de mi amante,
igual de esquivo que los turbios campos.
Y aquí la soledad.
Callada,
sin estridencias.
El rostro indolente se trastoca,
áspera la garganta.
Hiel en las palabras,
pocas palabras,
que caen de la boca.
Daniela Della Bruna, Caleidoscopio, 2014
la pampa indefinida y galopante,
los ojos de mi padre.
Más lejos,
los brazos de mi amante,
igual de esquivo que los turbios campos.
Y aquí la soledad.
Callada,
sin estridencias.
El rostro indolente se trastoca,
áspera la garganta.
Hiel en las palabras,
pocas palabras,
que caen de la boca.
Daniela Della Bruna, Caleidoscopio, 2014
lunes, 31 de agosto de 2015
Máscaras
Es un techo sobre mi cabeza,
un calzado en mis pies,
una palabra en mi boca,
es,
en fin,
el teatro vacío de una vida.
Daniela Della Bruna, Caleidoscopio, 2014
un calzado en mis pies,
una palabra en mi boca,
es,
en fin,
el teatro vacío de una vida.
Daniela Della Bruna, Caleidoscopio, 2014
jueves, 27 de agosto de 2015
sábado, 22 de agosto de 2015
Fragmento de El proceso, Franz Kafka
Franz Kafka, El proceso, publicada póstumamente en 1925
“K apenas prestaba atención a todas esas aclaraciones. Por
ahora no le interesaba el derecho de disposición sobre sus bienes, consideraba
más importante obtener claridad en lo referente a su situación. Pero en
presencia de aquella gente no podía reflexionar bien, uno de los vigilantes
––podía tratarse, en efecto, de vigilantes––, que no paraba de hablar por
encima de él con sus colegas, le propinó una serie de golpes amistosos con el
estómago; no obstante, cuando alzó la vista contempló una nariz torcida y un
rostro huesudo y seco que no armonizaba con un cuerpo tan grueso. ¿Qué hombres
eran ésos? ¿De qué hablaban? ¿A qué organismo pertenecían? K vivía en un Estado
de Derecho, en todas partes reinaba la paz, todas las leyes permanecían en
vigor , ¿quién osaba entonces atropellarle en su habitación? ; sin haber estado
antes preocupado, ahora se sentía aliviado, pues se había expresado lo
imposible y, así, su imposibilidad se había tornado más evidente».
Siempre intentaba
tomarlo todo a la ligera, creer en lo peor sólo cuando lo peor ya había
sucedido, no tomar ninguna previsión para el futuro, ni siquiera cuando existía
una amenaza considerable. Aquí, sin embargo, no le parecía lo correcto.
Ciertamente, todo se podía considerar una broma, si bien una broma grosera, que
sus colegas del banco le gastaban por motivos desconocidos, o tal vez porque
precisamente ese día cumplía treinta años. Era muy posible, a lo mejor sólo
necesitaba reírse ante los rostros de los vigilantes para que ellos rieran con
él, quizá fueran los mozos de cuerda de la esquina, su apariencia era similar,
no obstante, desde la primera mirada que le había dirigido el vigilante Franz,
había decidido no renunciar a la más pequeña ventaja que pudiera poseer contra
esa gente. Por lo demás, K no infravaloraba el peligro de que más tarde se
dijera que no aguantaba ninguna broma. Se acordó ––sin que fuera su costumbre
aprender de la experiencia–– de un caso insignificante, en el que, a diferencia
de sus amigos, se comportó, plenamente consciente, con imprudencia, sin
cuidarse de las consecuencias, y fue castigado con el resultado. Eso no debía
volver a ocurrir, al menos no esta vez; si era una comedia, seguiría el juego.”
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